Nota en el diario El País: Los otros autores infantiles

El diario El País entrevistó a cuatro integrantes de iluyos para conocer y difundir nuestro trabajo, las condiciones en que se realiza y algunos temas más.

Aquí está la nota completa, al pie, el link a la página del diario.

Gracias a Daniela Bluth y Marcelo Bonjour por la nota.


ILUSTRADORES

Los otros autores infantiles

¿Quiénes están detrás de los trazos de personajes como Anina o el Sapo Ruperto?

Hace tiempo que la literatura infantil uruguaya se hizo mayor. Los cientos de miles de ejemplares que se venden cada año han logrado que nombres como Roy Berocay, Helen Velando o Ignacio Martínez sean una marca registrada basada en el trabajo y el talento, ocupando un lugar de privilegio en un universo editorial y crítico que durante décadas consideró las obras para niños como un género menor.

Sin embargo, todavía hay una cara poco visible pero que resulta fundamental en el proceso creativo, la de aquellos que ilustran los libros infantiles. ¿Quiénes están detrás de la sonrisa pícara del Sapo Ruperto o del pelo endemoniado de Anina Yatay Salas? Para conocerlos un poco más, Domingo conversó con Sebastián Santana (alias Pantana en muchos de sus trabajos para niños), Verónica Leite, Alfredo Soderguit y Daniel Soulier sobre su vocación, trayectoria y los trazos detrás de sus personajes.

Sebastián Santana.

De niño, Sebastián Santana (37, foto de tapa) soñaba con ser arqueólogo. Por eso, Más cerca del cielo (ANII-Banda Oriental), el último trabajo que le tocó ilustrar y que versa sobre ese tema, tiene un significado especial. "Salir del taller para poder hacer trabajo de campo fue increíble. Ahora incluso puedo decir que tengo algunos descubrimientos propios", bromea rodeado de lápices y pinceles. Si esa fue la excepción, la norma es que Sebastián cree en la intimidad de su casa, con la ayuda, sobre todo, de la imaginación. Allí, entre afiches, mapas y bocetos, se sumerge en los mundos más diversos para sumar, con sus trazos, imágenes que cuentan historias.

Aunque siempre fue el mejor dibujante de su clase, nunca tuvo clara la vocación. En los trabajos escolares, recuerda, solía poner "mucho esmero". "En 4° o 5° de escuela había que hacer un dibujo a partir de un cuento, y yo hice una princesa y un aljibe. La maestra se ve que quedó fascinada porque me puso sublime como calificación. ¡Qué calificación más rara!". Pero desde ese día hasta que Sebastián publicó su primera ilustración pasaron muchos años y varios cursos y carreras universitarias por el camino. Estudió un año y medio en la Facultad de Psicología, otro año y medio en la escuela de Bellas Artes y se llegó a anotar en Comunicación. "Mis ciclos académicos son de 18 meses". Hasta que un proyecto vinculado al teatro al que llegó como fotógrafo lo contactó con la ilustración.

Su primer trabajo "importante" fue el afiche de la 11ª edición de Divercine, en 2002. Poco después llegó el contacto con las editoriales. "Busqué en la guía telefónica, había seis o siete que publicaban infantil, así que llamé, me contacté y les mandé el portafolio con mi material. Enseguida empecé a trabajar con Santillana", recuerda. Sus primeros dibujos fueron para libros de texto didácticos —desde experimentos hasta poemas de Benedetti—, y luego pasó al inagotable mundo de la ficción. En siete años ilustró más de 40 títulos, pero solo algunos los recuerda con especial cariño. Es el caso de 21 poemas raritos (Alfaguara), donde él trabajaba con textos de Fernando González y Alfredo Soderguit hacía lo propio con Fabio Guerra; o Figurichos (Banda Oriental), que hizo junto a Horacio Cavallo, ganador de la última edición del Premio Bartolomé Hidalgo en la categoría Libro álbum

Amante de experimentar nuevas técnicas hasta el aburrimiento y autodidacta en formación permanente, hoy Sebastián se siente ilustrador.

—¿Qué te diferencia con un dibujante?

—La diferencia básica está en la capacidad narrativa de las imágenes, la carga conceptual que tengan y cómo se amoldan con el texto. El ilustrador tiene que tener una voz propia, marcando el ritmo de lectura y modificando para siempre ese texto.


Verónica Leite.


"Siempre estuve rodeada de creación", dice Verónica Leite (44) para resumir cómo nació su vocación. Con el impulso constante de su padre, el artista plástico Osvaldo Leite, en su casa se respiraba cultura. Así, los libros se volvieron su "medio de comunicación" predilecto. "Cada vez que un libro llega a las manos de alguien provoca el nacimiento de un nuevo mundo", dice Verónica, uno de los pocos nombres locales que escribe e ilustra sus obras.

Estudió tres años en la Facultad de Arquitectura y entró al universo literario convocada por Ana María Bavosi, referente en la materia y alma máter de la emblemática Libruras, especializada en literatura infantil y juvenil. Curiosamente, fue Verónica la que le dio nombre a la librería a partir de lo que fue su primer trabajo publicado. "Se trató de una recopilación que hicimos entre las dos donde yo le di forma de libro e hice las ilustraciones", recuerda. Ese libro se tituló Libruras (1995), una conjunción de la palabra libro con los términos aventuras, travesuras, diabluras... pero todas juntas.

El primer libro escrito e ilustrado íntegramente por ella fue El miedo a la luz mala (Alfaguara, 2000),segundo premio del concurso anual del MEC, protagonizado por un simpático apereá. Los "bichos", de hecho, son las grandes estrellas de su obra. Aparecen en Un real y medio, El mandado del tatú y Un misterio para el topo, entre otros.

Sin embargo, para Verónica su obra más lograda es una versión de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, titulada Una historia para Alicia, que se editó en Brasil y México pero no en Uruguay. "Es una especie de homenaje. Quise hacer desde la imagen lo que Carroll hacía desde la palabra, que era muy transgresor y cuestionador", explica. Por eso, generó una primera y última parte que tienen que ver con la vida real y se leen de modo convencional, mientras que todo lo que transcurre en el medio está vinculado al mundo de ficción y hay que dar vuelta el libro para seguir la historia. "En mis libros siempre vas a encontrar cierta intertextualidad, tiene que ver con un estilo y una propuesta que busco". En este trabajo sobre Alicia, por ejemplo, aparecen desde Freud hasta los Beatles, pasando por Jorge Luis Borges y Joaquín Torres García.

Más allá de la singularidad de cada proyecto, hay en sus trabajos un estilo definido e identificable. "Tengo mucho detalle en los personajes, son muy expresivos, gesticulan y se mueven mucho. Además, aunque no sea un dibujo naturalista siempre tomo elementos del mundo real. O sea, me baso en la realidad para ficcionarla".

Hoy, Verónica ilustra sus propios libros y también para otros autores, como es el caso de El "chou" de los lagartos (Federico Roca, 2005), Gato con guantes (Sebastián Pedrozo, 2012) o varios trabajos que hizo en dupla con el brasileño Ziraldo. Pero gran parte de su tiempo está tomado por la docencia y la promoción de la lectura, con actividades que la han llevado por escuelas de todo el país y que, la semana próxima, la harán viajar hasta Emiratos Árabes. "La docencia me apasiona. Después de que le agarrás el pulso no la podés dejar y ver qué y cómo crean los chiquilines es divino".


Alfredo Soderguit.


Con el dinero que ganaba vendiendo remeras pintadas a mano en los veranos de La Paloma, Alfredo Soderguit (41) lograba hacer vida de estudiante durante todo el año en Montevideo. Oriundo de Rocha, empezó pintando imágenes que le gustaban a él, como tapas de discos, pero cuando vio que eso solo le permitía costear la cerveza y el camping, se volcó hacia los motivos más abstractos. "Lo empecé a usar como práctica pictórica y me fue muy bien", recuerda. Esa fue la señal que confirmó una vocación que se mostraba clara desde niño, cuando se lucía como el mejor dibujante de su clase y pasaba las tardes copiando imágenes de libros para armar escenarios en 2D con su hermano mayor. Algunos años de Arquitectura y de Bellas Artes también hicieron lo suyo.

Pero el "click" definitivo llegó unos años más tarde, en 1997, cuando en un viaje por Europa conoció a una estudiante de la Escuela de Frankfurt que le vio pasta de ilustrador. Una vez de regreso en Montevideo, sin entrevista previa ni mucha idea de con quién hablar, fue hasta el local de Mosca en el Centro con una carpeta rebosante de dibujos. "Agarré a un vendedor más joven que yo y le dije que le quería mostrar algo. Podría no haber pasado nada, pero me dijo que Santillana estaba empezando a armar un catálogo de libros infantiles uruguayos. Me pasó los datos, llamé y pedí una entrevista". De la editorial salió con dos manuscritos bajo el brazo: Un resfrío como hay pocos, de Magdalena Helguera, y Detectives del Parque Rodó, de Helen Velando.

Durante años ilustró la serie de los Cazaventura, también de Velando, que pese a ser novelas —que llevan un promedio de seis ilustraciones más la tapa— incluían 30 páginas de imágenes. Por tratarse de una autora "muy visual", en esos trabajos las obras de Alfredo eran como "escenas cinematográficas" que reflejaban los detalles que traía el texto. Quizás por eso disfrutó mucho cuando le tocó ilustrar los poemas de Fabio Guerra en Mirá vos. "La poesía suele ser muy abierta, más que decir, sugiere, y entonces el ilustrador tiene más espacio para crear", explica. Pero el punto máximo llegó con Anina Yatay Salas (2003, su primera edición es de Santillana), la obra del maestro de escuela Sergio López Suárez que Alfredo ilustró y, nueve años de trabajo más tarde, llevó al cine como director, convirtiéndola en el primer largometraje uruguayo de dibujos animados. Incluso el color del pelo de Anina, "rojo como el fuego", cuenta Alfredo, es su responsabilidad. "Me basé en un boceto que ya tenía hecho y no me di cuenta que en el manuscrito decía que la niña peinaba su pelo negro".

En su doble rol de ilustrador de la novela y director de la película —seleccionada por Uruguay para los Oscar—, reconoce que en Anina... el abordaje fue más bien afectivo y conceptual. "El libro tiene 18 ilustraciones y son todas metafóricas. Y eso lo tratamos de mantener en la película, creando la atmósfera a partir de las emociones del personaje". Hoy, Alfredo ya está embarcado en nuevos proyectos —muchos de ellos de animación—, pero una gigantografía de esta singular niña lo acompaña en una de las habitaciones del estudio Palermo, cuna de sus creaciones.


Daniel Soulier.


Cuando el Sapo Ruperto llegó a las manos de Daniel Soulier (50), el detective más famoso del arroyo Solís chico tenía unos diez años y había pasado por varios ilustradores. Daniel, por su parte, era un buen dibujante que venía haciendo sus primeras armas como animador en el estudio de Walter Tournier. Debutó con Ruperto en una publicación que se editaba junto con la revista Tres, a fines de los 90. "Ahí conocí a Roy (Berocay), él propuso mi nombre en la editorial (Alfaguara) y desde ese momento no paré".

Basado en los dibujos que había hecho hasta entonces José Miguel Silva Lara, Daniel hizo que el sapo mutara. "Lo hice un poco a mi manera y a mi gusto. Y a su vez, mis dibujos también mutaron en estos años, fueron cambiando y es natural", explica. "Después de un tiempo le ves errores, hay cosas que te gustan más y otras menos. Además, me parece bueno que el personaje no sea una imagen monolítica", opina.

Este 2014 el Sapo Ruperto cumplió 25 años y lo celebró con la edición de un título más que sugerente, El casamiento de Ruperto, donde, por supuesto, comparten aventuras con el batracio de sobretodo amarillo Tamara Rana, Vladimiro y el señor Siniestro. Tan involucrado está Daniel con los personajes que, entre risas, admite tener "algún tic de sapo". Pero el paso del tiempo también le permitió ganar en confianza y experiencia. "Me sale fácil. Tengo una biblioteca tan grande de posiciones y expresiones que aunque siempre se agregan personajes nuevos hay un background muy grande".

En los últimos años, a las novelas se sumó la edición de versiones en historieta y algún ejemplar de libro álbum, como Ruperto Rocanrol y otras bobadas y Ruperto Rocanrol 2. Ahí, Daniel y sus dibujos se lucen. "Se suele considerar al dibujo, erróneamente, como algo decorativo o secundario. Pero en realidad el dibujo tiene tanto poder de comunicación como el texto. Lo ideal es que estén a la par y que se complementen, que haya un ida y vuelta", reflexiona.

—Esa es, en los hechos, una batalla que están dando los ilustradores.

—Sí, para que se reconozca el valor comunicacional que tiene el dibujo. No es algo meramente decorativo. Un dibujo puede ser disparador de la imaginación, pero se tiende a pensar en el dibujante para que el libro quede vistoso y nada más.

En ese sentido, Daniel ha avanzado varios casilleros. Desde hace algunos años, acordó con la editorial para cobrar derechos de autor (entre 2% y 3%) en los libros de historietas y en aquellos donde la carga de ilustración es grande. "Lo tuve que negociar y es difícil que se institucionalice, pero espero que llegue el día en que nuestro trabajo se reconozca, igual que ocurre con el escritor. Yo aspiro a que el dibujante sea reconocido como autor. Y sé que estamos en el camino".


http://www.elpais.com.uy/domingo/otros-autores-infantiles-ilustradores.html

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